LA NAVIDAD SIGNIFICA QUE DIOS SE HIZO UNO DE NOSOTROS

¿Qué es la Navidad? Esferas, nacimientos y regalos; pero es mucho más: posadas, fiestas y visitas familiares; pero es mucho más: viajes, vacaciones y encuentros con los que nos hemos visto en muchos años; pero es algo muy grande: Dios se ha hecho uno de nosotros. Dios está con nosotros. Esta es la verdadera riqueza de la Navidad que ritualizamos con celebraciones, gestos, regalos, comidas, y todo lo demás, pero lo verdaderamente importante es que Dios está en medio de nosotros.

Las primeras controversias teológicas en la historia de la Iglesia tuvieron como punto de discusión lo que nosotros celebramos en Navidad que el “Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros”. La afirmación es muy sencilla pero tiene una profundidad inabarcable, unas consecuencias que ni los más grandes teólogos terminan de describir. Y precisamente por su profundidad hubo malas interpretaciones a esta verdad que encontramos en los Evangelios narrada con mucha sencillez. Algunos teólogos les costaba trabajo entender que Dios tomara la condición humana. ¿Cómo Dios puede rebajarse tanto? Otros decían que en realidad nunca se encarnó sino que adoptó a Jesús de Nazaret en el momento del bautismo en el Jordán ¿De dónde sacaban esas conjeturas? De su incapacidad para aceptar en la fe el misterio de la Encarnación.

La Encarnación del verbo de Dios nos permite afirmar que Jesús nuestro salvador es verdadero Dios y verdadero hombre desde el momento de su concepción en María. En él no hay división, lo humano y lo divino cohabitan de manera que todas las acciones de Jesús son del hombre y todas sus acciones son de Dios.

Esta afirmación de fe es el punto de partida de la espiritualidad cristiana pues nos marca un modelo hacia el que aspiramos como cristianos. En virtud de nuestro bautismo hemos sido muertos y resucitados en Cristo para vivir su vida. Nuestros Sacramentos, especialmente el de la Eucaristía nos llevan a vivir la vida de Cristo. No es que cada uno de nosotros es Dios y es hombre, eso sólo lo afirmamos en Jesús, pero cada uno de nosotros debemos entendernos como cuerpo y como espíritu, no es que tenemos un cuerpo somos este cuerpo, no es que tenemos un espíritu, somos un espíritu, y ambas realidades son indivisibles, de manera que nuestras acciones son la expresión de nuestro espíritu, ya sea que juguemos, cantemos, trabajemos o abrasemos a las personas que amamos. Nuestro cuerpo y nuestro espíritu actúan integralmente.

En la Navidad nos miramos en el espejo del Verbo encarnado para aceptarnos y amarnos, para reconocer que en cada uno de nosotros habita Dios por la acción de su gracia sacramental y que todas nuestras acciones deben ser la expresión de esta presencia de Dios en nosotros. Esto no quiere decir que sólo en la Navidad tenemos que vivir una vida de caridad y de amor, pero la Navidad propicia que entremos en esa sintonía con lo que somos, con nuestras propia realidad, que nos aceptemos aunque a veces nos cueste trabajo entender este misterio que somos cada uno de nosotros.

La Navidad nos permite valorarnos a nosotros mismos, tener una sana autoestima, que es el punto de partida de la felicidad. Si somos tan importantes para Dios porque no reconocemos en nosotros ese valor que Dios ve. Porque acentuamos tanto los aspectos negativos al mirarnos a nosotros y al mirar a los demás. Una baja autoestima contribuye a la agresividad, a la violencia, al enojo, a la autodestrucción. La violencia y la agresividad negativa son la expresión de un profundo vacío interior, son la negación de esa presencia de Dios en nosotros.
La Navidad nos permite suscitar en nosotros sentimientos de perdón. Perdonar a quien nos ha hecho daño es una acción espiritual en la que está implicada toda nuestra humanidad, porque el rencor genera desazón, intranquilidad, insomnio, que a la larga se convierte en enfermedad física. Al perdonar nuestro sistema sanguíneo se mejora, nuestra capacidad de relajarnos se facilita, dormimos mejor y rendimos más en nuestro día.

La Navidad nos permite ser generosos sin juzgar. En un ejercicio de relaciones humanas en mi trabajo nos preguntaron por escrito sobre nuestros sentimientos al ver a una persona pidiendo en la calle. Las alternativas para responder eran: rechazo, indiferencia, juicio, simpatía, solidaridad, amor. Honestamente tuve que contestar que por mucho tiempo mi reacción natural era de juicio, siempre pensaba “tanta gente que hace su esfuerzo para salir adelante y estos perezosos que sólo viven de los demás”. La realidad es que no sabemos nada de las razones que empujan a estas personas a pedir y sin embargo el hacha de nuestro juicio está bien afilada para condenar. La Navidad es el amor de Dios, que nos acepta como somos y que nos invita a aceptar a los demás sin juicio, pero con amor.

La Navidad nos permite tener relaciones humanas sanas donde quiera que nos toque vivir o trabajar. Hace unos días una hermana religiosa en una conferencia nos recordaba la importancia que se daba en el pasado a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y como se ha ido perdiendo pensando que es una tradición medieval que no tiene sentido para la racionalidad contemporánea. Sin embargo, los antropólogos de hoy reconocen una inteligencia del corazón, que es tan importante como la inteligencia racional, y al hablar de esta inteligencia del corazón se refieren a esa manera de percibir la realidad desde las emociones y que tiene tanta influencia en nuestra vida. Por ejemplo, porque hay personas que desde que entran nos parecen o muy simpáticas o muy antipáticas, nos caen bien o nos caen mal sin conocerlas. Ella explicaba que es la inteligencia emocional que percibe la energía de los demás y que a veces choca con nuestra propia energía interior. En este sentido, podemos reconocer que las fiestas navideñas nos permiten explorar, desarrollar, educar, esa área emocional que es tan importante para tener relaciones sanas y fructíferas en donde nos toque desenvolvernos. Las fiestas navideñas son terriblemente emotivas y por eso tan populares porque nos permiten expresar emociones y sentimientos, porque nos permiten purificar a través de ritos festivos como el abrazo, el beso, el regalo, la visita, la comida en comunidad y por supuesto La Misa, esa área emocional a la que muy pocas veces prestamos atención.

La Navidad es una oportunidad de salir de nosotros mismos, de darnos. La sociedad consumista nos empuja a ponernos en el centro del mundo. Yo lo merezco todo y por lo tanto tengo que tener el último “cacharro” que salga al mercado, llámese Plasma TV, Smartphone, cafetera o ropa interior, tengo que gastar el dinero que sea para mi propio entretenimiento sea comprando o apostando en el casino. El centro del mundo soy yo y el mundo tiene que darme lo que me merezco. La Navidad cambia el chip, tú no eres el centro del mundo, la comunidad, la familia es más importante que tú individualmente. Mejor aún, Dios es más importante que todo, y desde esta perspectiva salir de ti para encontrarte con los otros en lo que son no sólo en lo que les puedes sacar o como los puedes usar se convierte en una nueva prioridad. Entonces, las relaciones humanas se convierten en una buena noticia, porque la humanidad no está para servirte sino para que tú la sirvas. Este punto es central en toda experiencia religiosa, o sales de ti para darte a los demás o estás muerto, o sirves y das lo que eres y tienes o te pudres en tu propio egoísmo. Y cada día es una nueva oportunidad de salir de ti, de ver las necesidades que hay a tu alrededor y servir.

Queridos hermanos Feliz Navidad y que el recuerdo del Nacimiento del Dios hecho hombre se convierta para ti en motivo de fiesta, de profunda alegría para hacerte feliz y para llevar felicidad a todos los que te encuentres.
VN

MÁS INFORMACIÓN: Dr. J. Antonio Medina
jmedina@sbdiocese.org

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