MIEDO EN EL ‘VALLE DE LAS LÁGRIMAS’
De qué manera la postura dura sobre inmigración está alejando a los campesinos
Por J.D. LONG-GARCÍA • Fotografía de VÍCTOR ALEMÁN
fOTO: Efraín Hércules, inmigrante hondureño, supervisa un cultivo en el Valle de San Joaquín.
LAMONT – Tres campesinos de barba blanca con turbantes en sus cabezas amarran las copas de almendros en el Valle de San Joaquín. Trabajan rápido bajo el sol ardiente de la tarde, cercando los árboles con cuerdas negras.
Efraín Hércules, un inmigrante hondureño que tenía 20 años cuando dejó su país en los años ochenta, supervisa a los tres hombres de la India. Dice que el propietario de los almendros, que también es de la India, trata bien a sus trabajadores; además de pagarles les ofrece habitación y comida. Y el tiempo de salida es a las 3 de la tarde en punto.
“La gente se va, y no regresa”, dice. “No podemos encontrar trabajadores. Tienen miedo. Eso es por la política. Está teniendo un gran impacto”.
La campaña presidencial del ahora presidente Trump estuvo repleta de discursos contra la inmigración ilegal. Quizás lo más significativo hasta el momento es que el mandatario ha ampliado la autoridad del Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE). El Servicio de Seguridad Nacional declaró que “todos aquellos que violan las leyes de inmigración estarán sujetos a castigos, que podrían incluir la expulsión acelerada de Estados Unidos”. Esto es un cambio a la prioridad de capturar criminales convictos y “a quienes representan un peligro para la seguridad pública”.
ICE también está tratando de trabajar más estrechamente con la policía local, aunque algunas ciudades como Los Ángeles han declarado que sus oficiales no fungirían como funcionarios de inmigración.
Los informes de estas medidas -tanto reales como rumores- han tenido gran repercusión entre los inmigrantes que viven en el Valle de San Joaquín.
“Algunos cultivos se perderán porque no hay suficientes trabajadores para la cosecha”, dice Hércules.
El Valle de San Joaquín de 250 millas de largo cubre ocho condados de California. Es la región agrícola más productiva del mundo, según la Universidad de California Davis. A veces llamado “el tazón de la ensalada nacional”, los más de 250 cultivos incluyen manzanas, uvas, limones, apio, lechuga y nueces.
UN PRECIO A PAGAR
Cesar Chávez, cuya vida se recuerda cada año el 31 de marzo, fecha de su cumpleaños, trabajó durante décadas en mejorar los salarios, el trato y las condiciones de trabajo de los campesinos. A través de esfuerzos no violentos concientizó sobre los derechos civiles de los necesitados. Cofundó con Dolores Huerta el “United Farm Workers” y luchó por asuntos como prohibir los pesticidas que se esparcen sobre los campesinos mientras laboran en los campos, afectando su salud y contaminando el agua potable, como también por la instalación de cuartos de baño accesibles, entre otros.
“Es evidente que en nuestro camino viajamos a través de un ‘Valle de lágrimas’ bien conocido por todos los campesinos; en todos los valles el camino del campesino ha sido por generaciones uno de sacrificio”, dijo Cesar Chávez en su “Plan para la Liberación de los trabajadores agrícolas”. “Nuestro sudor y sangre han caído en esta tierra para hacer a otros hombres ricos”.
En cuanto a cuestiones de inmigración, Chávez y Huerta se opusieron al Programa Bracero de 1942-64, que trajo a millones a trabajar en Estados Unidos. Los líderes de derechos civiles se opusieron porque, según ellos, el programa desmejoró las condiciones laborales de los empleados estadounidenses y no trató a los inmigrantes de manera justa.
El foco en la no violencia por la dignidad del trabajador todavía reverbera en los pasillos de la sede original de la Unión de Trabajadores Agrícolas Unidos, ubicada en 40 acres de terreno en Delano.
“El movimiento continúa, aunque las cosas han cambiado”, dice Erika Oropeza Navarette, Vicepresidenta nacional de United Farm Workers.
El sindicato organizó a los trabajadores para que obtuvieran horas extras después de ocho horas, y mejores condiciones laborales, especialmente durante los calurosos meses de verano.
Marta Gutiérrez, una inmigrante de la Ciudad de México, ha estado trabajando en los cultivos durante los últimos 10 años. Ella dice que ciertas cosas han mejorado, pero algunas compañías todavía tratan mal a sus empleados. Y agrega que observa a mucho menos trabajadores en estos tiempos.
“Los trabajadores van a los campos por la mañana con miedo a no regresar a casa ese día”, dice Gutiérrez refiriéndose al temor a las deportaciones. “Todos estamos en una depresión”.
Judith Adame, campesina indocumentada de Ensenada, tiene un hijo de 2 años, y es madre soltera. “Siento temor. Pero usted tiene que hacer lo mejor que pueda si quiere quedarse”, dice Adame. “Aquí los niños pueden prosperar en la escuela. Y la educación de Estados Unidos vale más”.
NO SÓLO LOS INDOCUMENTADOS
Cuando arrestan a los trabajadores, una de las primeras cosas que hacen es llamar a la Unión de Campesinos, dice Navarrete de United Farm Workers. Quizás debido al sistema de expulsión acelerada, los trabajadores detenidos son ahora deportados más rápidamente. A veces arrestan a los padres delante de sus hijos. En un caso, funcionarios de inmigración pidieron cubrir los ojos de un niño mientras le colocaban las esposas a su padre, informa Navarrete.
Las deportaciones no es algo nuevo. La Administración de Obama deportó a 2,5 millones de indocumentados, aunque en su segundo mandato, haber dado prioridad a los delincuentes pareció limitar las deportaciones.
Además, las acciones ejecutivas del ex presidente: la Acción Diferida para Llegados en la Niñez (DACA) y la Acción Diferida de Padres de Hijos nacidos en Estados Unidos (DAPA), dio más tranquilidad a los inmigrantes, señaló Juan Flores del Centro de Raza, Pobreza y Medio Ambiente. Y aunque DAPA no prosperó, DACA todavía permanece.
Pero otras cosas han cambiado, dice Flores, un residente legal. Citó su propia experiencia de visitar Mexicali regularmente. Cuando sale, lo han interrogado más desde que Trump asumió el cargo. Comenta que un funcionario de inmigración le dijo: “Tenga cuidado, porque le podrían sacar su residencia”.
“Este gobierno ha jugado con los temores de la gente”, dice. “Todo el mundo tiene miedo, no sólo los indocumentados”.
El costo de este temor puede ir también más allá de la comunidad inmigrante, añade Flores, refiriéndose a agricultores que se quejan de la actual disminución de trabajadores del campo.
Navarrete dice que podrían traer a algunos con la visa H2A.
El Centro para Familias de Trabajadores Agrícolas estima que el 75 por ciento de los campesinos son indocumentados, por lo que conceder este tipo de visa no sería suficiente para satisfacer la necesidad de mano de obra.
Navarrete compara el visado H2A con el programa Bracero. Ella dijo que se tiende a contratar solamente a hombres de ciertas áreas de México, y podría darse un “juego sucio” en términos de quién obtiene los contratos. Trabajadores y agricultores terminan perdiendo, afirma. Las nuevas políticas no consideran el impacto económico en contra de los agricultores de Estados Unidos.
“Todo el mundo tiene miedo”, dice Navarrete. No van a venir”.
A las 3 p.m., justo a tiempo, los trabajadores de la India terminan su trabajo en el campo de almendras de Lamont y regresan a casa. Hércules se queda.
“La gente de Estados Unidos no hará este tipo de labor”, comenta sobre la falta de trabajadores. “Vamos a perder cosechas porque no tenemos personas para trabajar en los cultivos”. VN
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