IGLESIA, DEMOCRACIA Y ELECCIONES

Comentario al documento de los obispos mexicanos

En fecha reciente, los obispos mexicanos han publicado una reflexión muy importante, de cara a las elecciones intermedias que tendrán verificativo el próximo domingo 5 de julio de 2009.

El documento, que lleva por título “No hay democracia estable sin participación ciudadana y justicia social”, es un intento por encontrar y proponer los mínimos éticos que deben ejercer los funcionarios públicos, toda vez que las campañas políticas previas se han caracterizado por la violencia y el avasallamiento de los contrarios.

Especialistas católicos han querido comentar el documento, sobre todo ante la avalancha de críticas del laicismo radical, en el sentido de que la Iglesia católica podría estar incurriendo en delitos electorales por expresar su doctrina e influir en el desarrollo de las campañas políticas.

Una de las voces más autorizadas en el ámbito católico mexicano lo es el doctor Jorge E. Traslosheros Hernández, profesor e investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México, quien el domingo pasado publicó la siguiente reflexión en las páginas de El Observador.

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IGLESIA, DEMOCRACIA Y ELECCIONES

Los obispos de México han publicado un documento, bastante digerible al común de los mortales, sobre el próximo proceso electoral cuyos destinatarios son los fieles laicos, más hombre y mujeres de buena voluntad. Cada vez que los obispos, y en general cualquier católico, hacen uso de la palabra para dejar clara su opinión sobre un asunto de interés público, jacobinos y “católicos críticos” de hogaño y antaño se rasgan las vestiduras exigiendo que la Iglesia guarde silencio en la “cosa pública” y se meta en la sacristía. Me parece una actitud que, además de revelar un temor irracional contra Iglesia, se encuentra anclada en el jacobinismo triunfante del siglo XX. Por eso me parece tan importante el documento recién publicado por la CEM. Una vez más, los obispos muestran clara conciencia de que el lugar de la Iglesia -como comunión de bautizados- está en la sociedad civil, que no somos un “sujeto político”, sino un “sujeto social” con pleno derecho a trabajar por la justicia y la verdad. El espacio de trabajo es la cultura y, en relación con los asuntos políticos el objetivo es: “apoyar la participación de la sociedad civil para la reorientación y consiguiente rehabilitación ética de la política”.

Desde la sociedad civil la política se ve de muy distinta manera. Recordemos que la racionalidad política no es otra que la del poder y que, quienes ejercen el oficio buscan el poder con distintos fines, algunos nobles, otros viles, pero siempre el poder. Nosotros, como sociedad civil, lo que queremos es mejores formas de convivencia. Por eso la democracia es comprendida de mejor manera como lo hacen los obispos, es decir, como un medio que hoy se muestra idóneo para la construcción de los bienes materiales, culturales y espirituales que como personas y comunidades requerimos para un desarrollo humano pleno. Así, los obispos nos invitan a entender que una auténtica democracia, una democracia sustantiva, requiere de justicia social, división real de poderes y vigencia del estado de derecho, asuntos imposibles de conseguir sin una auténtica participación ciudadana.

Para los obispos mexicanos, en materia política, existe la urgencia de construir una nueva ciudadanía con dos objetivos de entrada: uno, la conformación de una nueva clase política y; dos, el ejercicio pleno y responsable de los derechos ciudadanos. Me parece que en estos dos elementos los prelados han puesto el dedo en la llaga. En efecto, somos muy dados a acusar a los políticos de corruptos, narcisistas y poco eficaces. Lo que se nos olvida es que si ellos están ahí, ejerciendo el poder, es porque nosotros lo hemos permitido. Una afirmación que no por trillada es menos verdadera.

Por lo anterior, a nadie debe llamar la atención que el mensaje de los obispos tenga como interlocutor principal no a la clase política, sino al ciudadano del común, sobre todo los cristianos que, como se apunta, debemos ser los primeros en dar ejemplo. De cara al proceso electoral que culminará en julio, debemos exigir mínimos éticos a los políticos, entre otras cosas: honestidad, conocimiento real de las necesidades de la gente, compromiso con la justicia y el diálogo, sensibilidad por los pobres y necesitados y, algo que se nos olvida y resulta no menos importante, que sean técnicamente capaces de ejercer sus cargos. No obstante, la mayor exigencia se endereza hacia nosotros mismos, los ciudadanos de a pie. Se nos pide con toda razón que impulsemos una cultura democrática sembrando valores de convivencia que nos permitan discernir con rectitud a quién otorgar nuestro voto el próximo seis de Julio. En esta lógica, que los ciudadanos mostremos un compromiso cierto con las instituciones civiles, la defensa de los derechos humanos, la promoción de la libertad religiosa y la cooperación desde nuestros ámbitos de influencia en la construcción del bien común. Tareas en las que no caben los calificativos de “pequeñas” o “poco significativas”.

En suma, me parece que los obispos han dado en el clavo. Ubicados como líderes espirituales de una comunidad que actúa dentro de la sociedad civil, nos invitan a formar una nueva ciudadanía capaz de reorientar la vida nacional para la rehabilitación ética de la política. En esta lógica y de cara al proceso electoral, nos dicen los obispos, ningún cristiano pude eximirse de participar en las tareas políticas ya sea en los partidos, en el debate cultural, en la sociedad civil, informándose críticamente de los acontecimientos, como funcionarios de casilla, como observadores electorales y, por supuesto, con el ejercicio mismo del voto. En la coyuntura actual son formas muy concretas de consolidar una democracia que sirva de vehículo para la construcción de una cultura centrada en la dignidad humana. Hoy por hoy, un buen católico se debe distinguir por ser, también, un buen ciudadano. VN

Jorge E. Traslosheros / jtraslos@hotmail.com

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