La triste muerte del Pupusa-Maker 5400 de doble potencia.
Yo lo había pensado bien durante mucho tiempo. No era improvisación. Era ingeniería doméstica aplicada a la economía popular. El Pupusa-Maker 5400 de doble potencia nació una mañana cualquiera, cuando decidí que ya era hora de dejar de depender del destino y montar, por fin, mi negocio de pupusas. El concepto era simple, brillante y, según yo, completamente funcional… dos tablas de picar robustas, unidas con una bisagra firme, presión manual uniforme y listo. Tecnología de punta.
Artesanal, sí, pero eficiente. Minimalista. Revolucionaria.
El problema no fue la máquina, era hermosa, futurista, visionaria, el problema fue mi esposa, una salvadoreña pura. Auténtica. Portadora genética de la memoria ancestral de la pupusa.
Cuando ella vio el artefacto, no vio innovación. Vio herejía. Vio traición. Vio, probablemente, la caída de una civilización entera condensada en una bisagra metálica. Su mirada pasó por todas las fases del duelo en cuestión de segundos: negación, ira, dolor histórico y una profunda decepción con el hombre que había elegido para compartir su vida.
—¿Qué es eso? —preguntó, con una calma que solo antecede a la tragedia.
Yo, ingenuo, orgulloso, incluso un poco visionario, respondí —Mi pupusa-maker 5.400 de doble potencia, algo que cambiará la humanidad.
Ahí empezó la guerra.
Me acusó de estar violentando miles de años de historia cultural, de querer mecanizar lo que debe sentirse, de reducir un acto sagrado a un prensado sin alma. Dijo palabras como “tradición”, “respeto”, “manos”, “aceite”, “textura”. Yo intenté defenderme hablando de productividad, de ergonomía, de optimización de procesos. Error. Gravísimo error.
Entonces ocurrió.
Se untó las manos de aceite como quien se prepara para un ritual. No fue una acción práctica. Fue simbólica. Fue una declaración de principios. Me miró fijo, tomó la masa y empezó a tortear. Pero no tortear normal. Tortear con rabia pedagógica. Cada movimiento era una clase magistral, cada giro una bofetada conceptual al Pupusa-Maker 5400. Ahí entendí que mi invento estaba sentenciado.
Sin decir una palabra más, tomó mi creación, la observó por última vez —como quien mira un animal herido que no merece seguir viviendo— y la desarmó. La bisagra no sobrevivió. El proyecto tampoco. El sueño empresarial murió ahí, en silencio, sobre la mesa de la cocina.
Hoy, el Pupusa-Maker 5400 ya no existe, solo quedan dos tablas de picar… Separadas… Derrotadas.Y yo.
Mi rol en la cadena productiva fue redefinido sin posibilidad de apelación, ahora solo puedo cortar el curtido. Eso es todo. No masa. No queso. No frijol. Curtido. Con suerte. Bajo supervisión.
Aprendí varias cosas ese día. La primera que hay batallas culturales que no se ganan con bisagras. La segunda, que la innovación sin contexto es solo una provocación. Y la tercera, quizá la más importante, que cuando una salvadoreña entra en modo pupusa, uno se hace a un lado y observa.
Así murió el Pupusa-Maker 5400 de doble potencia.
Que en paz descanse. 🫓
































Redes Sociales