LA ‘ECOLOGÍA HUMANA’ DEL MATRIMONIO Y LA FAMILIA

Por Monseñor JOSÉ H. GOMEZ, Arzobispo de Los Ángeles

Hace varios años, tuve la bendición de asistir a la Reunión Mundial Anual de las Familias que se llevó a cabo en la Ciudad de México.

Todavía puedo recordar la Misa final. La Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe estaba completamente llena de jóvenes y personas de la tercera edad, de todo el mundo. Nuestro Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, se dirigió de manera especial a nosotros al final de la Misa, mediante una transmisión en vivo por video.

Esta semana, rezo por nuestro Santo Padre que está participando en el séptimo Encuentro Mundial de las Familias, que se está llevando a cabo en Milán del 30 de mayo al 3 de junio.

Nuestro mundo -y nuestra sociedad norteamericana de manera especial- está ansioso y preocupado sobre el significado del matrimonio y el fin de la familia.

Lo podemos ver en muchas maneras: la tasa de divorcios; los índices de abortos; cada vez más parejas que conviven sin casarse; más y más niños que nacen fuera del matrimonio; en como algunas personas y grupos pudientes trabajan por tratar de “redefinir” el matrimonio.

Estoy más convencido que nunca de que los católicos tenemos el deber de conducir nuestra sociedad a la conversión mediante nuestra enseñanza y nuestra forma de vida.

Necesitamos restaurar el sentido vital de lo que tanto el Papa Benedicto como también el Beato Juan Pablo II llamaron “la ecología humana”.

Necesitamos ayudar a nuestros hermanos y hermanas a ver que la familia, arraigada en el matrimonio, es el santuario natural de la vida y la civilización.

Como católicos, sabemos que el matrimonio y la familia son parte de los misterios más profundos de la creación de nuestro Padre y su plan de salvación.

La historia contada en la Biblia comienza con el matrimonio del primer hombre y la primera mujer, y termina con la boda de Jesús y su novia, la Iglesia, al final de los tiempos. La familia humana es el vehículo a través del cual Dios derrama sus bendiciones. Por esto Jesús nació del seno de una mujer y fue nutrido en una familia santa. Es por esto que en sus últimas palabras hizo a Su Madre la madre de todos los vivientes “¡He ahí a tu madre!”

A la Iglesia se le ha confiado la salvaguarda de la dignidad de cada persona, de acuerdo al orden natural de la creación. Como católicos, estamos llamados a compartir esta hermosa verdad con el mundo.

Podemos ver que todas las sociedades, en cualquier momento histórico, siempre han entendido que el matrimonio es la unión de un hombre y una mujer por toda la vida, para su bienestar y para la creación y la educación de los hijos. En todas las sociedades, y en cualquier momento histórico, el matrimonio y la familia siempre han tenido a los hijos en el centro. Porque los niños son el futuro de nuestra sociedad.

Hasta la generación pasada, las instituciones norteamericanas -escuelas, medios de comunicación, industria y gobierno- estaban todas de acuerdo. Nuestras políticas y valores alentaban a formar matrimonios sólidos y ayudaban a los padres en sus esfuerzos para criar hijos sanos y virtuosos.

Las cosas han cambiado.

El control de la natalidad y las tecnologías reproductivas cortan los lazos naturales entre el acto marital y la procreación de los hijos.

Nuestra cultura ahora promueve un individualismo radical que define la libertad sexual como fuente de la verdadera felicidad.

Estos y otros cambios están detrás de las confusiones que vemos hoy en nuestra sociedad.

Lo que me preocupa es cómo muchos de nuestros debates hoy están enfocados solamente sobre los adultos y las relaciones que desean.

Hay muy poca preocupación por los niños. Esto es triste, porque ellos serán los “sujetos” de todos nuestros experimentos sociales. Ellos sufrirán las consecuencias de todas esas nuevas maneras de definir lo que significa estar “casado” o ser “padres” o ser “familia”.

No podemos gobernar nuestra sociedad basándonos en necesidades centradas en nosotros mismos. Como adultos y como ciudadanos, tenemos la obligación moral de mirar más allá de nosotros mismos. De pensar en el bien común de nuestra sociedad. De pensar en las futuras generaciones.

Los niños tienen derecho de crecer en un hogar, con la madre y el padre que les dieron la vida y que hicieron una promesa de compartir sus vidas para siempre. Tienen el derecho de nacer en una familia fundada en el matrimonio, donde puedan descubrir su verdadera identidad, su dignidad y su potencial. Donde puedan aprender en el amor, el significado de la verdad, la belleza y la bondad.

De modo que tenemos el deber –cada uno de nosotros como ciudadanos- de promover y defender esos derechos por los niños. Los niños no tienen voz. Ellos dependen de nosotros.

Oremos los unos por los otros esta semana, y por nuestros niños. Y oremos también por nuestro Santo Padre y por el éxito del Encuentro Mundial de las Familias.

Pidamos a nuestra Santísima Madre que nos ayude a restaurar la ecología humana de la sociedad, para que el matrimonio siga siendo sagrado y la familia sea el verdadero santuario de la vida y el corazón de la civilización del amor. VN

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