SEMANA NACIONAL DE LA MIGRACIÓN

Por Monseñor JOSÉ H. GOMEZ,
Arzobispo de Los Ángeles

10 DE ENERO DE 2014

La Iglesia en los Estados Unidos celebra la Semana Nacional de la Migración del 5 al 11 de enero.

Después de un año de debate acerca de la reforma migratoria integral, tengo la impresión de que algunas personas están cansadas de oír hablar del tema. Parece que quisieran que la Iglesia y los demás simplemente dejaran de hablar sobre la inmigración.

Pero los asuntos relativos a este tema siguen siendo urgentes para millones de nuestros hermanos y hermanas, y no van a desaparecer.

En Los Ángeles, en toda California y en el resto del país, nos enfrentamos a muchos desafíos: la difusión de la pobreza material y espiritual, la erosión de la clase media, la ruptura del matrimonio y de la familia, el aborto, la eutanasia, las drogas y la trata de personas, así como también la creciente fragmentación y polarización económica, cultural y moral de nuestra sociedad.

Pero en estos momentos, es urgente que abordemos las injusticias y ofensas diarias a la dignidad humana, causadas por nuestro deficiente sistema de inmigración.

Como sociedad, hemos llegado a aceptar una subclase permanente de hombres y mujeres que viven en los márgenes de nuestra sociedad. Los miembros de esta subclase realizan gran parte del trabajo manual y de los servicios básicos que son esenciales para nuestra sociedad: el cuidado de nuestros hijos, la construcción de nuestras casas y oficinas, la cosecha de los alimentos que comemos. Ellos pagan millones en impuestos y seguridad social, y sin embargo, no tienen derechos y no tienen seguridad ellos mismos.

En nuestros vecindarios y parroquias conocemos la realidad: que las familias, especialmente los niños, son los que sufren más. Escuchamos muchos argumentos y justificaciones acerca de por qué nuestros líderes no pueden solucionar este sistema deficiente. Pero nada de lo que dicen puede responder a las lágrimas de un niño cuya madre o padre ha sido deportado o encerrado en una cárcel de inmigración.

Nuestro Papa emérito Benedicto XVI dijo que la globalización puede hacer que todos seamos vecinos, pero no puede hacernos hermanos y hermanas. Para eso necesitamos a Dios. Porque si no creemos que Dios es nuestro Padre, entonces nunca tendremos ninguna razón para tratar a los demás como nuestros hermanos.

Por eso sigo creyendo firmemente que la reforma migratoria es tanto un asunto espiritual como una cuestión de derechos humanos y de valores familiares.

Actualmente, demasiados estadounidenses justifican el trato que se da a los inmigrantes —las deportaciones que rompen familias, las malas condiciones de trabajo y la negación de los derechos fundamentales— por el hecho de que estos inmigrantes han violado las leyes de nuestro país. “Tienen lo que se merecen”, es el argumento que usan.

El estado de derecho es importante para el bien de la sociedad. Pero la ley del amor de Dios nos llama siempre a tener un estándar más elevado. A los ojos de Dios nunca podremos justificar el ser fríos o indiferentes a los sufrimientos de los demás. Una persona sin los “papeles adecuados” sigue siendo un hijo de Dios, creado a su imagen y semejanza, una persona con dignidad y que merece nuestro respeto.

Jesús nos dijo que seremos juzgados por nuestro amor. Y dijo que demostramos nuestro amor a Dios sirviéndolo a él en los más pequeños de nuestros hermanos y hermanas.

Y Jesús fue muy específico acerca de “a quiénes” tenemos que amar y servir: a los hambrientos, a los sedientos y a los desnudos, al extranjero, al inmigrante, al prisionero.

Jesús parece haber especificado deliberadamente los tipos de personas que más nos cuesta amar: los pobres que nos piden que compartamos con ellos nuestro tiempo y nuestras posesiones, el inmigrante que pide ser recibido en nuestro país y en nuestra forma de vida, el prisionero que ha quebrantado nuestras leyes.

Se trata de “casos difíciles”. Pero las exigencias del amor cristiano no son fáciles. Un santo dijo: amamos a Dios tanto como amamos a la persona que menos amamos.

Entonces tenemos que seguir repitiendo las palabras de Jesús, las palabras de su Evangelio de amor, a tiempo y a destiempo. Jesús nos dijo que si la Iglesia dejara de hablar, las piedras clamarían a Dios, proclamando su verdad y su justicia.

Esta semana, oremos por nuestros líderes y por todos nosotros como ciudadanos. Que todos encontremos el valor político y moral que necesitamos para hacer frente a esta crisis de nuestra sociedad.

Y hagamos que nuestro amor por los inmigrantes se vuelva concreto. Pueden ir a www.justiceforimmigrants para hacer oír su voz, para que sus líderes en Washington sepan que ha llegado el momento de una reforma migratoria.

Y pidámosle a nuestra Santísima Madre María, que junto con San José y el Niño Jesús fue una refugiada en Egipto, para que nos ayude a acoger a los demás, no como extranjeros ni como una amenaza a nuestra forma de vida, sino como nuestros hermanos y hermanas. VN

El nuevo libro del Arzobispo José H. Gomez, “La inmigración y la América por venir”, está disponible en la tienda de la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles. (www.olacathedralgifts.com).

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