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EN EL ADVIENTO LAS ROSAS FLORECEN EN INVIERNO

Por Monseñor JOSÉ H. GOMEZ,
Arzobispo de Los Ángeles

Siempre me ha gustado el hecho de que el Adviento viene al final del año según el calendario civil, pero que, al mismo tiempo, marca el inicio del nuevo año litúrgico en la Iglesia.

El Adviento nos recuerda que Jesús renueva todas las cosas, y que con Él todo final es un nuevo principio. De la muerte —el “final” supremo— Jesús hace brotar el nuevo comienzo de la Resurrección y de la nueva vida en su Reino que no tiene fin.

Esta semana celebramos la Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, cuyas apariciones en diciembre de 1531 marcaron un nuevo principio en la historia de la salvación: la llegada del Evangelio al “nuevo mundo” del continente americano.

Este nuevo comienzo estuvo marcado por un milagro. La Virgen de Guadalupe hizo que las rosas florecieran y San Juan Diego envolvió esas rosas en su tilma. Cuando la abrió nuevamente, las rosas habían dejado su huella en la tilma, revelando la hermosa imagen de la Virgen.

La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe es un regalo de Dios para el continente americano. Y tenemos la bendición de poseer, en una hermosa capilla dorada en nuestra Catedral, un pedacito de esta tela preciosa que fue tocada por Dios.

Esta reliquia conecta a la ciudad de Los Ángeles, de un modo profundamente espiritual, con la primera evangelización del nuevo mundo. Nos recuerda que el nuevo comienzo de Guadalupe —lo que la Virgen empezó en esa colina en las afueras de la Ciudad de México— continúa hasta nuestros días.

Dios sigue trabajando para hacer de este mundo su Reino, un nuevo mundo de la fe y la esperanza, de la justicia y del amor. Y está haciendo esta obra a través de nosotros.

Estamos llamados a ayudar a Dios a traer la salvación a su creación. Estamos llamados a llevar la buena nueva de Jesús a nuestra vida cotidiana, del mismo modo que San Juan Diego llevó esas rosas milagrosas en su ayate.

Nuestra fe es como esas rosas en la tilma de San Juan Diego. Nuestra fe es un don que Dios ha envuelto en la “tilma” de nuestras propias vidas, la “tilma” de nuestros propios corazones.

Estamos llamados a acercarnos a la gente y a abrir sus corazones a la realidad de la presencia y la actividad de Dios en nuestro mundo y en nuestras vidas. Exactamente del mismo modo que lo hizo San Juan Diego.

Suceden pequeños milagros de su amor y de su misericordia en todas partes, todos los días. Tenemos que ayudar a la gente a ver estos milagros. Tenemos que hacer eso amando más a la gente, cuidando más de ellos, mostrándoles misericordia y, sobre todo, perdón.

Así que esta semana al orar unos por otros, pidamos la gracia y la fuerza para ser verdaderos discípulos de Jesús, llevando a cabo nuestra misión de compartir el amor de Dios y de cambiar el mundo.

Esta semana también estoy orando con nuestro Santo Padre, el Papa Francisco, y con millones de personas alrededor del mundo por el alma del gran líder sudafricano, Nelson Mandela, que murió la semana pasada.

En Mandela, el mundo reconoce a un hombre de paz, que estuvo dispuesto a ofrecer su vida en sacrificio por la dignidad humana, la verdad y la reconciliación. Estas son cualidades universales que todos admiramos, independientemente de nuestra religión o de nuestras opciones políticas.

Como católicos, sabemos que estamos llamados a tener una influencia en nuestra sociedad. Que estamos llamados a ser pacificadores y a buscar la justicia y el bien común. Pero la mayoría de nosotros no desempeñará sus deberes cristianos ante el escenario mundial. La mayoría de nosotros no pasará décadas en la cárcel por esta causa, como lo hizo Mandela.

Pero podemos causar una diferencia en el mundo. Y debemos hacerlo.

La Beata Madre Teresa solía contar una historia acerca de un hombre que devolvió un pez al agua. La gente se burló de él. “Salvaste un pez, ¿y qué?”, le dijeron. “Mañana habrá cientos de peces más que serán arrastrados a la orilla. ¿Qué diferencia hiciste con ello?” Y el hombre respondió: “¿Para ese pez, hice toda la diferencia del mundo: lo salvé”.

Lo importante es que estamos llamados a ayudar a Dios a salvar el mundo, alma por alma. Podemos empezar en nuestros hogares, en nuestras familias, con las personas más cercanas a nosotros. Hagamos que el amor crezca en nuestras familias dando más de nosotros mismos. A veces, basta con eso para llevar una persona a Dios. ¡Basta tan solo con regalarles un poco de nuestro tiempo!

En este tiempo santo en que esperamos a Jesús, recordemos también a aquellos que están solos y tristes y que se sienten vulnerables en esta época del año. Oremos por ellos y busquémoslos para llevarles nuestro amor.

La mejor manera de prepararnos para la Navidad es tomar a María como modelo e intercesora. Acompañémosla a ella y a San José, mientras avanzamos en nuestro camino a Belén y empezamos de nuevo, con amor y compasión en nuestros corazones. VN

El nuevo libro del Arzobispo José H. Gómez, “La inmigración y la América por venir”, está disponible en la tienda de la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles. (www.olacathedralgifts.com).

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