El 'Trump Show’

El 'Trump Show’

Maribel Hastings

En la película The Truman Show, el protagonista, Truman Burbank, personificado por el actor Jim Carrey, es el único que desconoce que toda su vida, desde su nacimiento, es un reality show de audiencia mundial. Durante la presidencia de Donald J. Trump a veces siento que es a la inversa, que todos los involucrados saben que estamos en medio de un maquiavélico y caótico reality show excepto nosotros, la ciudadanía.

A lo largo de este turbulento casi año y medio de la presidencia de Trump muchos nos preguntamos si esto en realidad está ocurriendo.

Todo resulta tan inverosímil, que es a la vez indignante que la mentira domine; que la independencia de las instituciones de ley y orden se erosione diariamente, y que en el tortuoso camino Trump se esté saliendo con la suya. Pero lo hace mintiendo, inventando peligrosas y ruines narrativas, dando vida a teorías conspiratorias y avanzando tenebrosas políticas públicas sin mediación del Congreso, tal como ha hecho en materia migratoria con la ayuda del Secretario de Justicia, Jeff Sessions.

Pero al vilipendiado Sessions poco le importan los ataques de Trump, porque puede implementar a sus anchas las más crueles medidas antiinmigrantes con las que siempre soñó, entre otras, arrebatar y separar hijos a madres y padres detenidos en la frontera, así como justificar, en nombre de la seguridad y el combate a las pandillas, la detención indiscriminada de inmigrantes que no constituyen prioridad de detención ni deportación.

De hecho, el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) opera centros de detención donde el maltrato, incluyendo a menores de edad, parece ser la norma, según la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU). Los agentes migratorios, al interior el país y en la frontera, se sienten envalentonados por el antiinmigrante liderazgo y operan con impunidad, irrumpiendo en hogares sin mostrar órdenes de cateo, o disparando a mansalva como el agente que mató de un tiro en la cabeza a una joven guatemalteca indocumentada que estaba desarmada en la frontera con Texas la semana pasada.

Trump manipula todo a su antojo. La novela del Rusiagate acapara la atención mediática y, pese a que la pesquisa ha resultado en acusaciones y condenas, Trump la tacha de “cacería de brujas” por motivaciones políticas, con lo que mantiene hipnotizada a su segura base de apoyo que cree ciegamente que todo es una persecusión contra Trump de parte de sus detractores. Aunque 17 agencias de inteligencia y los resultados preliminares de la pesquisa concluyen que Rusia sí se inmiscuyó en nuestras elecciones para inclinar la balanza a favor de Trump, el presidente no lo reconoce para no poner en entredicho su elección.

Sus habilitadores, que no son únicamente su base recalcitrante, sino figuras del establishment republicano, incluyendo los líderes del Congreso, se hacen de la vista larga, no enfrentan al mitómano presidente; ellos, como los asesores presidenciales, venden los vestigios de credibilidad que les quedan defendiendo a un individuo que a diario mancilla la oficina de la presidencia, que solo opera en función de su propio beneficio, que carece de valores y empatía y que miente, miente, y miente impunemente.

La pregunta es por qué sus habilitadores lo hacen. Las respuestas son varias. Quizá porque son iguales que él y porque les es útil para avanzar sus agendas sin importar las consecuencias a corto, mediano y largo plazos sobre nuestras instituciones democráticas.

Por ejemplo, la pesquisa sobre potencial colusión entre la campaña presidencial de Trump en 2016 y Rusia y la posible obstrucción de justicia ha desatado una vergonzosa conducta de Trump que se intensifica según se cierra el cerco. Trump ataca al investigador Robert Mueller, al Departamento de Justicia, a las agencias de inteligencia, y pisotea la independencia que se supone tenga precisamente el Departamento de Justicia para llevar a cabo pesquisas sin interferencia, sobre todo si el presidente es el sujeto de la investigación. Y los republicanos de la Cámara Baja actúan como cómplices de Trump.

Con base en circunstancias normales o si el presidente fuera demócrata, por ejemplo, los abogados conservadores integrantes de la Sociedad Federalista, habrían quemado al presidente en la hoguera por minar la ley y el orden y las instituciones. Pero guardan silencio porque Trump les premió con el juez supremo Neil Gorsuch y porque ha ido llenando las vacantes de las cortes federales con jueces ultraconservadores.

O qué tal ​un sector de ​los evangélicos. Trump miente sin pudor y pisotea todos los preceptos religiosos, incluyendo los Diez Mandamientos. Pero ​ciertos ​líderes evangélicos lo defienden a capa y espada. ¿Por qué? Porque les dio a Gorsuch, porque asegura que se opone al aborto y a todo lo que los liberales defienden, incluyendo los derechos de la comunidad LBGTQ. Puede haber otro factor y es el racial. El prejuicio y las posturas antiinmigrantes de Trump no son mal vistas entre ciertos sectores evangélicos. Quizá le estén vendiendo el alma al diablo, pero qué importa. Fariseos. Hipócritas.

Lo mismo puede decirse de las mujeres que apoyan a Trump, a pesar de escucharlo grabado en sus propias palabras jactándose de cómo por ser famoso puede agarrarles sus partes íntimas y a pesar de que aparentemente ha tenido relaciones extramaritales que ha tratado de silenciar con dinero.

Otros ejemplos abundan. Mientras más bajo cae Trump, así suben sus índices de aprobación, lo que es más patético todavía por lo que dice sobre nuestra sociedad.

En The Truman Show al final el protagonista se libera de la burbuja en que vivía y del control malsano del director del reality show.
En nuestro caso queda por ver qué haremos como sociedad; cuándo tocamos fondo porque el asalto de Trump a nuestra propia democracia parece no tener importancia. Pero nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Ojalá no sea demasiado tarde cuando el país salga de su marasmo.

Maribel Hastings

Maribel Hastings